Tengo un hermano 3 años mayor que yo, siempre nos hemos llevado bien y nos pasábamos las horas jugando con algunos niños de mi barrio, pero ahora que casi todos han cumplido los 7 u 8 años tienen que descender a los pozos y a las minas. No sé muy bien que hacen allí, pero cuando vuelven vienen todos muy cansados y no quieren jugar conmigo, así que últimamente ayudo más a mi mamá en casa. Ella trabaja en casa de un señor rico, no la pagan mucho pero junto con el trabajo de mi hermano y mi padre, sobrevivimos. El señor rico tiene un hijo dos años mayor que yo y tampoco quiere jugar conmigo porque dice que no se hará amigo de una niña como yo, mi mamá dice que es porque soy pequeña, pero yo sé que es porque soy pobre. La mujer del señor rico es muy buena y siempre que puede y su marido no está en casa le da a mi mamá la ropa y algunos juguetes que su hijo no utiliza.
Hacía ya 6 meses que mi hermano empezó a ir a las minas y hacía unos días que no se encontraba bien, debería descansar, pero si no iba a trabajar no solo no le pagarían, si no que le quitarían el trabajo y ahora más que nunca necesitamos el dinero, pronto tendré un nuevo hermanito con el que jugar. Son las ocho de la tarde y ni mi hermano ni los otros niños han vuelto. Todos estamos preocupados porque ya deberían haber venido. Mi papá y los otros hombres del barrio han decidido ir a buscarlos, pero justo en ese momento vi acercarse a una pequeña multitud de niños que traían a unos de ellos en brazos. Grité avisando que eran ellos y todos se acercaron al pequeño, vi como mi madre cayó al suelo y comenzó a llorar. Yo corrí hacía ella y no supe que hacer, así que la abracé. Horas más tarde mi madre seguía llorando, aquel chico al que traían en brazos estaba ahora tumbado en una pequeña cama hecha de paja, sí era él, era mi hermano. Yo estaba a su lado. Mi padre no paraba de moverse y todas las mujeres del barrio se acercaban a dar ánimos. Yo sabía que no podía acabar bien, pero todavía no había perdido todas mis esperanzas.
A la mañana siguiente mi madre fue a casa del señor rico y me pidió que me quedara con mi hermano. Mi padre también se fue a trabajar. Yo no me alejé de él un instante. No podía marcharse, era mi hermano, la persona que más quería, mi héroe, pero si se va...
A las dos mi madre volvió con la mujer del hombre rico y su médico. “No vamos a poder hacer nada” esas fueron las únicas palabras que pude escuchar, salí corriendo, no sabía muy bien hacía donde, pero mis pies pararon en el único lugar donde había pasado horas y horas tumbado con él, viendo las estrellas y jugando.
Hoy, después de 10 años sigo esperando a que vuelva de las minas y aunque tenga dos preciosas hermanas, nada se compara a su sonrisa.
La vida no es fácil aquí, como supongo que tampoco lo será en otros lugares. Desde muy temprano, mi padre va a trabajar a la mina. Antes trabajaba en una fábrica de ferrocarriles, la misma en la que yo hoy trabajo, pero le despidieron por asociarse a un sindicato que amenazaba con reducir nuestras malas condiciones impuestas por los propietarios.
Mi madre sale junto con mis cuatro hermanas después de él. Ellas tienen que caminar más distancia que mi padre y yo. Trabajan como servicio en la casa del propietario de la fábrica donde trabajo. Ella dice que allí todo es muy distinto. Me cuenta que las camas son enormes y hay una para cada miembro de la familia. Dice que las paredes están cubiertas por cuadros y espejos y que las ventanas están adornadas con grandes cortinas de colores muy vivos y bordadas en oro. Cuenta que, cuando tiene tiempo, le gusta asomarse a una de esas ventanas y mirar a la calle. La calle también es distinta a la nuestra: está alumbrada con altas farolas, las aceras separan a la gente de los coches que por allí pasan y las fachadas están decoradas con los escaparates de las grandes tiendas.
Yo, como dije antes, trabajo en la fábrica de ferrocarriles en la que trabajó mi padre. Mi función es engrasar y reparar las máquinas que rugen con fuerza a todas horas. A pesar del aceite que sale despedido de las fauces de estos imponentes monstruos de metal, mantengo mi mono limpio. Es necesario, pues quizás no pueda comprar otro en mucho tiempo.
Vuelvo a casa por la tarde-noche y siento que es lo mejor del día. Ayer antes de volver a casa, como casi todas las noches, pasé por la taberna. La escusa no era beberme un trago, que también, sino verla a ella. Me han dicho muchas veces que la pida matrimonio, pero yo no me siento capacitado. Con un sueldo que apenas sirve para mantenerme no puedo ofrecerla todo lo que se merece, aunque eso sea mi único deseo. Y así acaban mis días, llegando a casa acompañado por unos policías, una botella en la mano y la inconsciencia que provoca el alcohol en mí. No me quejo pues, al menos, no recuerdo mis males.
